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3-4 años: jugando aprenden a conocerse y a canalizar emociones

Mientras come, cuando le bañan o a la hora de vestirse… Un niño sano, de 3 ó 4 años, está jugando casi siempre. Y es que, a través de esta actividad, aprende a conocer su cuerpo, el mundo, la realidad, y además canaliza emociones. Hasta este momento era una actividad, sobre todo, experimental y repetitiva (arrastrar, sacudir, arrojar objetos…) que tenía como objetivo principal  explorar las propiedades del mundo físico. Pero a partir de los 3-4 años entra en escena una facultad primordial y muy importante: ni más ni menos que la fantasía, la capacidad de imaginar.

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7-10 años: unos auténticos protestones

Se quejan y discuten todo; absolutamente todo. De repente, se ha vuelto unos auténticos protestones. «Lee bien, no se te escucha», le dice su madre a Alicia, una niña morena de nueve años. La cría se planta y le responde: «¿Qué quieres decir, que leo mal o que leo en voz baja?». Su madre le replica, sin perder la tranquilidad, que se refiere a que lee en un tono demasiado bajo. Pero la niña no se conforma con la respuesta y vuelve a la carga: «Entonces, si no leo mal, ¿por qué me pides que lea bien? Deberías decirme que lea en voz alta»… Hay niños a los que les encanta discutir, otros necesitan hacerlo sin saber bien qué les impulsa a ello. Pero en cualquier caso, los padres debemos tener en consideración que las discusiones infantiles son como la punta de un iceberg. 
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5-6 años: aún no son capaces de leer el reloj

A vueltas con el tiempo. Nuestro pequeño acaba de cumplir los seis años, y a sus abuelos les habrá faltado tiempo para regalarle un reloj. Él estará encantado, y lo llevara puesto con mucho orgullo. Al principio, nos preguntará constantemente la hora, pero al mismo tiempo es natural que quiera aprender a leer el reloj él solito. ¿Cuál es la mejor manera de enseñarle? De momento, basten algunas nociones básicas: aquellas horas del día que los niños puedan relacionar con determinadas actividades.
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Preguntas embarazosas: con lo guapos que están calladitos… a veces

¿Qué podemos hacer cuando nuestro hijo dice algo que nos hace querer desaparecer, mientras la escena a nuestro alrededor se congela de inmediato? Por lo que parece, los niños tienen una misteriosa habilidad para decir o hacer las cosas más embarazosas, especialmente en público. Tienen muchas –y a cual más deliciosa– cualidades, pero desde luego la diplomacia no es precisamente una de ellas. Muchos padres desearían que hipotéticamente les tragase la tierra cuando su hijo le dice a uno de sus amigos que sus orejas son tan grandes como las de un elefante, o si critica el famoso pastel de pescado de su suegra.

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Que dormir fuera de casa no sea una pesadilla para los niños

«Cuando entré para darles las buenas noches, mi hija dormía como una marmota, pero Laura estaba sentada en la cama, con su abrigo puesto, llorando y suplicando a sus padres que vinieran a buscarla… a través de un teléfono de adorno», recuerda Mercedes sobre la primera vez que su sobrina se quedó a pasar la noche en casa.
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