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6-8 años: de repente, unos auténticos vagos

Aunque nos parezca que, de la noche a la mañana, nuestros peques se han vuelto unos auténticos vagos, ese proceder cansino, perezoso, de la/del niña/o no es más que una reacción a las prisas de sus mayores. Como adultos, los padres tenemos que reconocer que el que se muestren remolonas/es es algo que nos saca de quicio, pero la verdad es que cuanto más agobiemos a nuestras/os hijas/os para que se den prisa en hacer algo, más tarde vamos a conseguir que se pongan a ello.

Los adultos vivimos pendientes del reloj: nos mediatiza. La hora de entrada a la oficina, la del almuerzo, el momento de hacer ejercicio al llegar a casa, o el de acostarnos… Apenas nos queda tiempo simplemente para pararnos a pensar, para ser nosotros mismos. Sin embargo, eso no les sucede a los niños.

Ellos, cuando se sumen en un juego o barruntan algún pensamiento, no se rigen según el reloj, sino según el interés que el objeto en cuestión despierta en ellos. ¿Ha llegado la hora de salir hacia el cole? ¿Mamá está esperando a que se laven los dientes? ¿No puede permanecer estacionada en doble fila porque la multan? De acuerdo, pero es que el mundo ofrece tantas cosas más interesantes…

Aunque para ser sinceros existen ciertas situaciones en las que no hay más remedio que meter prisa a estos auténticos vagos. Sin ir más lejos, cuando se trata de ir al colegio o cumplir con cualquier otro horario necesario: trenes, aviones, consultas médicas… Y sin embargo, es curioso que parece coincidir justo con los momentos más apremiantes el que muchos niños ralenticen sus movimientos, demoren su ritmo.

Auténticos vagos

¿Qué explicación tiene este proceder? No cabe duda de que existen perezosos natos, “vagonetas” que parecen llevar genes cansinos en su ADN. Pero el acto de remolonear también puede ser la reacción del niño a su entorno.

Un niño mayor de siete años tendría que ser capaz de controlar el tiempo, aunque algunas veces se le vaya el santo al cielo. Si se retrasa por sistema, los padres deberían hacerse ciertas preguntas acerca de su hijo:

  • ¿Se siente sobrecargado? Un niño de esta edad necesita cierta cantidad de tiempo para sí mismo, en que pueda jugar o mirar las musarañas sin obligaciones. Si entre el colegio y las actividades extraescolares toda su jornada está reglamentada, no le queda ningún espacio privado. Puede ser que lo esté reclamando a través de su lentitud.
  • ¿Recibe suficiente atención? Quizá el niño desee que sus padres se ocupen más de él. Remolonear constituye un magnífico medio para llamar su atención.
  • ¿Tiene suficiente autonomía? La extrema lentitud podría ser también la reacción a la impotencia que siente el crío que siempre tiene a alguien a su lado que le dice lo que debe hacer o dejar de hacer. Si no puede decidir nada por sí mismo, al menos le queda la protesta de los brazos caídos.

Aprender sin hacer nada

Por otra parte, no siempre este proceder de auténticos vagos ha de considerarse como negativo. Los niños poseen la maravillosa facultad de olvidarse de sí mismos cuando están dedicados a un juego o, sencillamente, a sus ensoñaciones. Muchos padres piensan que todo lo que no significa una inversión directa en el futuro de sus hijos es tiempo perdido. Sin embargo, los pequeños también aprenden cuando no están haciendo nada.

Para llegar a una situación aceptable para ambas partes, primero conviene revisar el calendario semanal del niño. Si no queda ningún día sin actividades extras, es hora de procurarle más espacio libre. En segundo lugar, es muy importante concederle suficiente tiempo para cada actividad. Con diez minutos para desayunar y vestirse no tiene bastante. Muchas carreras  podrían ahorrarse levantándose antes. También es útil avisar al crío con antelación: «Dentro de un rato salimos».

Si nuestro hijo ya ha cumplido 10 años debería empezar a controlar él solo el tiempo, aunque pague la experiencia llegando alguna vez tarde al colegio.

Publicado en Conducta infantil.

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