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Quiero que mi hija/o aprenda a defenderse, no a pelear

La necesidad de que aprendan a resolver solos sus conflictos es un capítulo importante en la educación de nuestros hijos. Nuestra misión es echarles una mano y enseñarles a defenderse de la mejor forma. Enseñar a los pequeños a plantar cara “al enemigo” no significa educarles en la violencia, sino darles la oportunidad de protegerse ante posibles ataques de compañeros de cole o de parque.


Por supuesto, a la hora de defenderse, lo primero que hay que debemos enseñarles es a agotar todas las vías pacíficas a su alcance (dialogar de forma pausada con el oponente, intentar disuadirle, ceder terreno y pedir perdón, si es preciso) y al final, cuando todos los intentos por encontrar una solución pactada han fracasado, respetando su derecho a protegerse.

«Siempre he querido dar a mis hijos una educación en la que prevaleciesen valores como la generosidad, la solidaridad y, por encima de todo, el rechazo hacia cualquier forma de violencia. Hasta que el mayor, que ahora tiene seis años, empezó a ir al colegio. El segundo día de clase llegó a casa llorando porque un compañero le había pegado sin ningún motivo y él no supo cómo quitarse de encima al pequeño adversario. Aquella tarde, el ideal de hacer de mis hijos personas pacíficas se desvaneció por completo».

Defenderse es parte de la vida

Este es el testimonio de Maribel, una cliente de nuestro centro de tratamiento de la pediculosis y la eliminación de piojos, que comenzó trayendo a su hijo Miguel en edad escolar, y ahora lo hace con Sonia, la pequeña. Mónica –como otros padres y madres clientes– se cuestionaba la posibilidad de que, a la hora de aprender a defenderse, sus hijos pudieran hacerse respetar sin tener que llegar a las manos.

Casi todos los padres se han planteado en algún momento este interrogante. Hasta hace poco, la presencia constante de un adulto libraba a los hijos de camorristas y matoncetes, que con gran desvergüenza se apropiaban de sus juguetes en el parque infantil, destruían sus construcciones de arena en la playa o les tiraban del pelo en la guardería. Una intervención a tiempo de la madre, la “seño” o el hermano mayor zanjaba cualquier disputa antes de que se desencadenara la gran batalla.

Resolver solos sus conflictos

Pero, ahora, cuando los críos empiezan a ir al colegio, no nos es posible seguir evitando que se encuentren envueltos en pequeñas reyertas y altercados menores con otros chavales de su edad. A partir de este momento, no les queda más remedio que vérselas con ellos sin nuestra ayuda. Defenderse significa intentar apartar al agresor, librarnos de él, evitar que nos haga daño. Y no abalanzarse sobre su cuerpo, llenos de rabia y sedientos de venganza.

Esta distinción es fundamental, pues de ella depende que nuestros hijos no se conviertan en niños agresivos y agresores, y que solamente recurran a la violencia en caso de necesidad, es decir, en defensa propia. No es ningún error querer hacer de nuestros hijos seres pacíficos y solidarios. Pero también es bueno que estén preparados para enfrentarse a cualquier imprevisto.

Defenderse de los ataques

La primera regla que un niño debe aprender es evitar, por todos los medios, verse envuelto en disputas absurdas y, sobre todo, procurar no provocar al contrario con amenazas verbales, insultos, burlas, etc. Las peleas infantiles se suelen originar por hechos triviales: alguien tomó “prestado” un balón sin pedir permiso a su propietario, le puso la zancadilla al pasar, le lanzó una tiza a la cabeza o le puso un mote poco afortunado.

Sabemos que los niños pequeños son muy sensibles a estas cosas (todos hemos pasado por ello), pero debemos educarles para que sean más transigentes, aprendan a sobrellevar las situaciones adversas y no vean en todo una ofensa personal.

Y lo que vale para los hijos también puede aplicarse a los padres. ¿Acaso es tan grave dejar que otros jueguen con su pelota? ¿Tiene realmente importancia que le llamen “cuatro ojos”? Es el crío el que debe decidir siempre cuándo y cómo quiere defenderse. Cuando un niño es atacado, precisa más que nunca el apoyo y la comprensión de los padres, y no necesita, en absoluto, ser alentado con frases como «¡Pero no te quedes ahí parado!» «¿Por qué no te defiendes?»

Retirarse a tiempo

Sin embargo, hasta los niños más tranquilos pueden ser objeto de una agresión no provocada. Si entonces deciden sacar los puños, deben saber que no todo está permitido y que existen reglas que hay que respetar: nada de lanzar piedras, dar porrazos en la cabeza o usar objetos duros para golpear. Y, por supuesto, evitar la violencia gratuita: una vez que se haya recuperado el juguete que motivó la pelea, no tiene sentido seguir ensañándose con el adversario. Mejor será quitar hierro al asunto y olvidar lo ocurrido.

Y es que cualquier pandilla que se precie tiene entre sus filas a un pequeño camorrista dedicado en cuerpo y alma a hacer la vida imposible a los miembros más débiles e indefensos. Salir corriendo ante sus amenazas o simplemente dejarse avasallar parecen las dos únicas alternativas. Sin embargo, hay otras formas de salir airosos:

  • Hacer oídos sordos a sus burlas y provocaciones. Si el niño se muestra indiferente, es probable que su amiguito pierda el interés y deje de molestarle.
  • Tranquilizar al enemigo y buscar de mutuo acuerdo una solución pacífica. A veces, ofrecer su amistad al contrincante es suficiente para desarmarle.
  • Afianzar su autoestima. Practicar algún deporte puede darle seguridad en sí mismo y ayudarle a actuar en situaciones conflictivas.
  • Evitar la provocación. Los insultos, las burlas y los gestos despectivos sólo empeoran las cosas.

Y si el combate se vuelve demasiado violento, hay riesgos de que alguien resulte herido o uno de los dos está en clara situación de desventaja, debemos intervenir y separarles. Ahora, consolarles y curar sus rasguños es todo cuanto podemos hacer.

Para leer más sobre el tema puedes pinchar aquí o aquí.

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