¿Grandes fabuladores o pequeños embusteros?

Detrás de una pequeña mentira hay siempre un motivo que los padres deben averiguar. Es importante dialogar con ellos, intentar ganarnos su confianza, responder a todas sus preguntas con sinceridad y, sobre todo, predicar con el ejemplo. Sin ir más lejos, para un niño, una promesa incumplida es siempre una mentira. Y todos los niños mienten alguna vez. Pero si se vuelven unos pequeños embusteros habrá que descubrir qué se esconde detrás de sus engaños.


A partir de los dos años van construyendo a su alrededor un mundo propio en el que los mayores no pueden inmiscuirse. La imaginación de los niños es ilimitada. Es un mundo formado por amigos imaginarios, muñecos que hablan, lobos feroces, hadas y un montón de cuentos fantásticos que sólo existen en su cabeza. Los niños pequeños no distinguen entre realidad y fantasía, y están convencidos de que sus historias son tan ciertas como la vida misma. Sólo a partir de los seis años los críos toman plena conciencia de la línea divisoria que separa lo verdadero de lo falso y, por tanto, es ahora cuando empiezan a mentir deliberadamente, es decir, a sabiendas de que lo que dicen no es verdad.

Hasta cierto punto, si un niño miente de forma esporádica, los padres no deben alarmarse. Se tata de algo completamente normal, y por ello es preferible evitar los castigos y las regañinas. Sin embargo, cuando las mentiras infantiles se suceden con vertiginosa rapidez, es preciso averiguar si se trata simplemente de un niño “imaginativo” o, por el contrario, estamos ante un experto embustero. Los engaños constantes pueden ser el aviso de que algo no marcha bien.

Llenar una carencia

Laura es, lo que se dice, toda una “cuentista”. En el cole les dice a todas sus compañeras que su madre es maravillosa, que a menudo viajan juntos a países exóticos y que siempre le compra todo lo que le pide: las zapatillas más caras, la mejor bici de paseo y el último modelo de ‘tablet’. Pero nada de lo que cuenta es cierto. En el fondo, Laura está sufriendo porque su madre está siempre trabajando y apenas tiene tiempo que dedicarle. A sus siete años, intenta escapar de una realidad que no le gusta, negándola primero y construyéndola después a su manera. Es un ejemplo de cómo algunos niños recurren a las mentiras como forma de llenar una carencia de cariño y atención por parte de sus padres.

No es extraño que un niño comience a engañar porque se sienta presionado por las esperanzas que sus padres tienen depositadas en él. Si las pretensiones de éstos resultan imposibles de alcanzar (calificaciones excelentes, elevado rendimiento o comportamiento ejemplar), los chavales pueden empezar a mentir sobre sus éxitos. Podríamos hablar entonces de “mentiras piadosas”, de las que los críos echan mano para no decepcionar y herir a sus padres. Cuando el problema no se detecta a tiempo, las cosas suelen ir a peor y el niño puede llegar a convertirse en un auténtico especialista en el tema, por ejemplo, falsificando las notas, haciendo desaparecer las cartas del colegio o imitando la firma de su tutor.

Una curiosidad excesiva también puede abrumar a los niños. A ellos les gusta que sus padres muestren interés por sus cosas pero les resulta muy pesado tener que estar todo el día informando detalladamente de todo lo que hacen o dejan de hacer. Por eso, es mejor no avasallarles con preguntas como ¿qué has hecho hoy?, ¿con quién has jugado?, ¿te has divertido?, etc. Cansados de tantos interrogantes, muchos niños pueden empezar a mentir, en un afán por encontrar la respuesta que aplaque la sed de curiosidad. A medida que se acerquen a la pubertad, este sentimiento se intensificará, volviéndose cada vez más celosos de su intimidad y optando, en muchos casos, por el silencio.

Entre la fantasía y la verdad

Entre los niños existe algo así como un código de ética que les lleva a negar o callar antes que delatar a un amigo. Para ellos, siempre es preferible soltar una mentirijilla para sacar del apuro a un compañero que ser tachado de chivato. Y cuando presienten la amenaza de un castigo, las mentiras salen con especial facilidad. Cuanto mayor sea la reprimenda esperada, mayores serán también sus mentiras.

Pero no hay que olvidar que a todos los niños les divierte imaginar que son otros y disfrutan imitando a los adultos. Durante el juego, transforman la realidad, inventando situaciones insólitas y creando personajes fantásticos. Convertirse en un espadachín, disfrazarse de Indiana Jones y enfrentarse a grandes monstruos del espacio forman parte de sus hazañas. Estos juegos son importantes pues les ayudan a desarrollar su personalidad. Por ello, su mundo de fantasía debe ser siempre respetado. Negarles sus ilusiones e imponerles por la fuerza la verdad sería como poner un coto a su imaginación.

Publicado en Conducta infantil.

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