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3-4 años: jugando aprenden a conocerse y a canalizar emociones

Mientras come, cuando le bañan o a la hora de vestirse… Un niño sano, de 3 ó 4 años, está jugando casi siempre. Y es que, a través de esta actividad, aprende a conocer su cuerpo, el mundo, la realidad, y además canaliza emociones. Hasta este momento era una actividad, sobre todo, experimental y repetitiva (arrastrar, sacudir, arrojar objetos…) que tenía como objetivo principal  explorar las propiedades del mundo físico. Pero a partir de los 3-4 años entra en escena una facultad primordial y muy importante: ni más ni menos que la fantasía, la capacidad de imaginar.

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Adolescentes: ¡qué pintas llevan!

La adolescencia es una etapa de su proceso madurativo de gran inseguridad, de rebelión contra lo establecido y de búsqueda de nuevas pautas y criterios propios; no sólo en lo concerniente al vestir, sino en muchas otras facetas. En ella, nuestros hijos –y cada vez antes– caen en una curiosa paradoja: recurren a lo idéntico para hacer gala de lo original; o, dicho de otra forma, para que la sociedad no les uniformice, se visten todos igual para demostrar así que son diferentes. Algo que muchas veces lleva a dudar de la frescura de dicha tendencia y hace pensar en la sumisión de los jóvenes a un proyecto de rebeldía cuyos hilos maneja alguien ajeno por completo a sus intereses.
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7-10 años: unos auténticos protestones

Se quejan y discuten todo; absolutamente todo. De repente, se ha vuelto unos auténticos protestones. «Lee bien, no se te escucha», le dice su madre a Alicia, una niña morena de nueve años. La cría se planta y le responde: «¿Qué quieres decir, que leo mal o que leo en voz baja?». Su madre le replica, sin perder la tranquilidad, que se refiere a que lee en un tono demasiado bajo. Pero la niña no se conforma con la respuesta y vuelve a la carga: «Entonces, si no leo mal, ¿por qué me pides que lea bien? Deberías decirme que lea en voz alta»… Hay niños a los que les encanta discutir, otros necesitan hacerlo sin saber bien qué les impulsa a ello. Pero en cualquier caso, los padres debemos tener en consideración que las discusiones infantiles son como la punta de un iceberg. 
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A empujones, como buenos hermanos

«El amor entre un hombre y una mujer crece y mengua como la Luna; pero el amor de un hermano por su hermano es constante como las estrellas y eterno como la palabra del Profeta», reza un antiguo proverbio árabe. Juegan, se divierten juntos, parece que son absolutamente felices… y de repente, estalla la pelea. Una situación absolutamente normal –eso sí, muy escandalosa e incluso a veces desquician para el resto de los miembros de la familia– en la que, como padres, debemos saber cuándo y de qué manera intervenir.
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5-6 años: aún no son capaces de leer el reloj

A vueltas con el tiempo. Nuestro pequeño acaba de cumplir los seis años, y a sus abuelos les habrá faltado tiempo para regalarle un reloj. Él estará encantado, y lo llevara puesto con mucho orgullo. Al principio, nos preguntará constantemente la hora, pero al mismo tiempo es natural que quiera aprender a leer el reloj él solito. ¿Cuál es la mejor manera de enseñarle? De momento, basten algunas nociones básicas: aquellas horas del día que los niños puedan relacionar con determinadas actividades.
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Preguntas embarazosas: con lo guapos que están calladitos… a veces

¿Qué podemos hacer cuando nuestro hijo dice algo que nos hace querer desaparecer, mientras la escena a nuestro alrededor se congela de inmediato? Por lo que parece, los niños tienen una misteriosa habilidad para decir o hacer las cosas más embarazosas, especialmente en público. Tienen muchas –y a cual más deliciosa– cualidades, pero desde luego la diplomacia no es precisamente una de ellas. Muchos padres desearían que hipotéticamente les tragase la tierra cuando su hijo le dice a uno de sus amigos que sus orejas son tan grandes como las de un elefante, o si critica el famoso pastel de pescado de su suegra.

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