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El efecto del cambio de hora sobre los niños

Los más pequeños de la casa pueden experimentan algunas dificultades (leves y transitorias) con el cambio de horario que se produce dos veces al año. Generalmente problemas del sueño, que acostumbran a ir acompañados de un mayor nivel de ansiedad, irritabilidad y problemas de comportamiento. También, pueden aparecer problemas de atención y concentración los primeros días.

Esto se debe a dos factores, el cambio de rutina y que para los niños una hora es mucho más significativa que para los adultos. Así los que lo perciben con más facilidad suelen tardar, como máximo, tres o cuatro días en recuperar de nuevo sus hábitos normales.

La solución: paciencia y rutina. Leer artículo completo en El Mundo.

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Consejos para la mejor merienda de los niños

Cuestionarse si los niños deben merendar o no es una pregunta que nadie debería hacerse, nos cuentan nuestros amigos de MejorConSalud. Porque una alimentación variada y equilibrada necesita una ingesta de entre 4 ó 5 comidas diarias. Y aunque no faltan quienes piensan que la merienda puede hacer que los niños engorden, en realidad, que los “peques” coman algo a media tarde tiene una importancia clave: no llegan a la cena con un hambre voraz, a comer con ansia. Es mejor que coman lo justo, pero muchas veces al día; así mantienen su metabolismo en marcha, no tienen bajadas de azúcar y consiguen energía acorde a su ritmo circadiano.

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Explicarle a un niño el fallecimiento de un ser querido

Tras el fallecimiento de un ser querido, los padres se plantean siempre cuál es la mejor manera de contárselo a los niños, pues los adultos queremos evitar el sufrimiento de los más pequeños. Pero hay veces, como ésta, en que no es posible. Y como no existe una fórmula universal, lo mejor es contar a los niños la verdad –no mentirles–, hacerlo pronto –pues notan la tristeza de sus mayores–, de una manera sencilla –que puedan entender– y animándoles a que expresen sus emociones y dudas al respecto. 
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3-4 años: jugando aprenden a conocerse y a canalizar emociones

Mientras come, cuando le bañan o a la hora de vestirse… Un niño sano, de 3 ó 4 años, está jugando casi siempre. Y es que, a través de esta actividad, aprende a conocer su cuerpo, el mundo, la realidad, y además canaliza emociones. Hasta este momento era una actividad, sobre todo, experimental y repetitiva (arrastrar, sacudir, arrojar objetos…) que tenía como objetivo principal  explorar las propiedades del mundo físico. Pero a partir de los 3-4 años entra en escena una facultad primordial y muy importante: ni más ni menos que la fantasía, la capacidad de imaginar.

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Adolescentes: ¡qué pintas llevan!

La adolescencia es una etapa de su proceso madurativo de gran inseguridad, de rebelión contra lo establecido y de búsqueda de nuevas pautas y criterios propios; no sólo en lo concerniente al vestir, sino en muchas otras facetas. En ella, nuestros hijos –y cada vez antes– caen en una curiosa paradoja: recurren a lo idéntico para hacer gala de lo original; o, dicho de otra forma, para que la sociedad no les uniformice, se visten todos igual para demostrar así que son diferentes. Algo que muchas veces lleva a dudar de la frescura de dicha tendencia y hace pensar en la sumisión de los jóvenes a un proyecto de rebeldía cuyos hilos maneja alguien ajeno por completo a sus intereses.
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7-10 años: unos auténticos protestones

Se quejan y discuten todo; absolutamente todo. De repente, se ha vuelto unos auténticos protestones. «Lee bien, no se te escucha», le dice su madre a Alicia, una niña morena de nueve años. La cría se planta y le responde: «¿Qué quieres decir, que leo mal o que leo en voz baja?». Su madre le replica, sin perder la tranquilidad, que se refiere a que lee en un tono demasiado bajo. Pero la niña no se conforma con la respuesta y vuelve a la carga: «Entonces, si no leo mal, ¿por qué me pides que lea bien? Deberías decirme que lea en voz alta»… Hay niños a los que les encanta discutir, otros necesitan hacerlo sin saber bien qué les impulsa a ello. Pero en cualquier caso, los padres debemos tener en consideración que las discusiones infantiles son como la punta de un iceberg. 
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