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A empujones, como buenos hermanos

«El amor entre un hombre y una mujer crece y mengua como la Luna; pero el amor de un hermano por su hermano es constante como las estrellas y eterno como la palabra del Profeta», reza un antiguo proverbio árabe. Juegan, se divierten juntos, parece que son absolutamente felices… y de repente, estalla la pelea. Una situación absolutamente normal –eso sí, muy escandalosa e incluso a veces desquician para el resto de los miembros de la familia– en la que, como padres, debemos saber cuándo y de qué manera intervenir.

Todos hemos sido pequeños y sabemos que durante la niñez las peleas son mucho más corrientes entre buenos hermanos que con niños ajenos a la familia. «Es algo no sólo normal, sino incluso beneficioso para el desarrollo de su personalidad», asegura Adela de Gopegui, psicopedagoga del Instituto de Psicología Orientadora. «Al fin y al cabo se trata de su toma de contacto, y de alguna forma su entrenamiento, para lo que será su vida adulta. Pues en ella se van a encontrar situaciones de rivalidad con gente igual a ellos y, porque no decirlo, también de “hostilidad”».

Cuando dos hermanos se pelean, en realidad el combate establece entre ellos un lazo que podríamos considerar social. Los hermanos no eligen pasar juntos sus primeros años; se ven forzados a la vida en común, y ésta, inevitablemente y a cualquier edad, produce “roces”. No tendría que sorprendernos que, en algunos casos, les resulte difícil entenderse si tenemos en cuenta que deben compartir recursos limitados: una televisión, el asiento de atrás de un coche o una madre que sólo tiene dos manos…

Hay padres a quienes estas pequeñas peleas les resultan insoportables. La jornada laboral de ambos ha sido dura y en casa quieren tranquilidad a toda costa, sin darse cuenta de que, precisamente, sus hijos tratan de llamar su atención, el escaso tiempo que les ven en casa, peleando. Porque en el origen de toda pelea entre hermanos subyace la lucha por el favor de los padres y los correspondientes celos. Una circunstancia que en ocasiones se ve fomentada inconscientemente por éstos: cuando toman habitualmente partido por el menor, creyéndole más indefenso; cuando trazan una serie de expectativas sobre cada hijo, lo cual genera en uno el sentimiento de que el otro es el “favorito”; cuando les comparan, etcétera. Chateaubriand lo describió perfectamente en sus ‘Memorias de Ultratumba’:«Cuando mi madre coronaba sus reprimendas con el elogio de mi hermano, me sentía dispuesto a hacer todo el mal que se esperaba de mí».

En el fondo, la verdadera razón de que cada pequeña pelea nos importe tanto –independientemente de lo insoportables que resultan sus berridos– es que sabemos por experiencia lo dañino que puede ser en ocasiones el enfado de un hermano,la huella que pueden dejar sus comentarios: sean del mayor, que siempre está burlándose de los logros del pequeño, o de éste, que sabe muy bien como aniquilar el amor propio del mayor. Además, nuestra responsabilidad como padres que intentan protegerles de cualquier daño se resiente y nos obliga a intervenir, cuando lo más recomendable –siempre que la sangre no esté a punto de llegar al río– es saber mantenernos en nuestro lugar. Estudiando los posibles motivos de sus disputas podremos encontrar una forma de hacer que cada pequeño estallido de furia sea más llevadero en casa.

En las disputas entre hermanos, «es poco recomendable intervenir tomando parte», asegura Paloma Felines, psicóloga del Centro de Desarrollo Infantil. «Si se da el paso se coloca uno en situación de solventar una empresa imposible: determinar quién es la víctima y quién el culpable. Lo mejor: asumir que ambos son “culpables” y separarles, cambiándoles de escenario pero sin adoptar una actitud de castigo, hasta que se les pase». Además, el “combate” tiene muchos, muchísimos asaltos…

Publicado en Salir con niños.

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