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Repiten nuestros “tacos” como loros

Sus primeras “palabrotas” nos pillan por sorpresa y no sabemos cómo reaccionar. Entre reírles la gracia e imponerles un severo castigo existe una tercera vía: mantener la calma. Porque lo que hace los niños es adoptar el tono de los mayores e imitar nuestro lenguaje. Por eso, la actitud de los padres es fundamental. Sin embargo, ni siquiera un lenguaje modélico de los padres puede evitar que el niño emplee ciertas palabras “prohibidas”.
Algunos intentan evitar los “tacos” en casa, pero pierden los nervios con facilidad en situaciones tensas. De pronto un día llegan de la guardería y nos dedican un sonoro “gilipollas” a modo de saludo. Al intentar averiguar las causas de su actitud, las cosas pueden ir a peor y es posible que recibamos un “coño” o un “jolines” por respuesta. Cuando estos renacuajos sueltan sus primeros “tacos” con total desparpajo, los padres suelen quedarse boquiabiertos, sin saber qué hacer. ¿Es posible permanecer impasibles al oír semejantes lindezas en boca de sus pequeños angelitos?

Una forma de rebeldía
Estas primeras muestras de agresividad verbal son totalmente corrientes a esta edad. Por varias razones. En primer lugar, porque día a día aumenta su capacidad para explicarse verbalmente. Ya no expresan sus sentimientos sólo a través del cuerpo, sino que acompañan el llanto y el pataleo con la fuerza de las palabras. En lugar de revolcarse por el suelo cuando están enfurecidos, ahora se desahogan soltando un par de tacos. Así nos muestran su malestar y descargan toda su ira.

Hay que tener en cuenta que ésta es la edad de las rabietas y del “no” continuo, y ellos se empeñan en rebelarse contra la superioridad y las imposiciones de sus sufridos papás. Descubren que las palabrotas -y sobre todo los insultos- son un medio muy eficaz para manifestar su desacuerdo y por eso añaden cada novedad a su repertorio. Pero, ¿dónde enriquecen ese “precioso” léxico?

El colegio es, sin duda, el lugar que más oportunidades ofrece para ampliar el vocabulario. Los más pequeños captan al vuelo todo lo que sueltan los mayores, toman buena nota de ello y lo repiten a la menor ocasión. Por supuesto, se reservan para casa las mejores barbaridades, a la espera de conseguir escandalizar y dejar atónito al personal.

El efecto sorpresa
Evidentemente, no hay mala intención en sus palabras, pues en la mayoría de los casos todavía desconocen su significado. Pero tampoco se les escapa el efecto que producen. Por eso, lo ideal en estos casos, es intentar mantener la serenidad y procurar no dar una excesiva importancia a sus groserías. Aunque a veces resulta muy difícil. Hay padres que los consideran una provocación y llegan a enrojecer por la impertinencia y desvergüenza de sus hijos, sobre todo cuando la escena tiene lugar en presencia de extraños. Otros reciben los insultos sin inmutarse y algunos se quedan tan asombrados que no pueden evitar soltar una gran carcajada por el ingenio que demuestra tener el crío.

Además, el efecto que causa un taco depende de quién lo diga. Por ejemplo, si un niño de tres años llama a su padre “cerdo” por haberse ensuciado las manos, todos se ríen. Si el mismo comentario lo hace un chaval de ocho o nueve años, nadie lo encuentra gracioso.
Son precisamente las reacciones exageradas de los adultos, positivas o negativas, las que estimulan al niño y le animan a repetir una y otra vez las palabras mágicas. Ellos no pretenden herir a sus papás, pero les gusta experimentar y comprobar sus reacciones. Y, sobre todo, les encanta llamar la atención.

No perder los estribos
Es difícil guardar la compostura, especialmente cuando el niño suelta sus palabrotas en público o empieza a insultar también a otros adultos. Pero es imprescindible. Los padres deben tratar de modelar su agresividad, sin reprimirla ni fomentarla. Si sus palabras no causan el efecto esperado, es muy posible que el pequeño pierda el interés por ellas.

Ahora bien, si la cosa va a mayores, y el niño comienza a decir tacos de forma insistente, puede ser una advertencia de que algo no marcha bien y será necesario indagar las causas. A lo mejor el niño se siente frustrado porque se le exige demasiado o se cree falto de cariño y atención.
En estos difíciles momentos tal vez ayude a los padres pensar que los insultos y palabrotas son algo normal y que forman parte de una etapa de su desarrollo. Para afirmarse en su propia individualidad y llegar a ser una persona segura de sí misma, también deben practicar la protesta.

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