¿Educar sin regañar? A ver quién es el guapo

No tener que decirles nunca a los hijos una palabra más alta que otra suena maravilloso, pero no deja de ser algo utópico. Es cierto que hay quien (casi) lo consigue, pero el común de los mortales no somos capaces de desarrollar la templanza suficiente como para educar sin regañar alguna vez a un pequeño. Sobre todo teniendo en cuenta que a veces nuestros queridos hijos serían capaces de sacar de sus casillas a un monje tibetano.

La educación de un hijo –y no digamos si son varios– es un camino largo y sembrado de muchos momentos maravillosos. Lo cual no quita para que también existan algunos en los que podemos perder los papeles, y que, al cabo de los años, más vale no recordar.

Vamos a ver. ¿Quién nos ha grabado, a fuego lento, que no debe regañarse nunca a un niño? «Que no pasa nada; eso sí, si se hace ‘con método’, porque hasta ésto de enfadarse tiene su técnica», explicaba hace años en la revista ‘Ser Padres’ el psicólogo Luciano Montero. «El objeto de una regañina, después de todo, también debe ser el de educar, y no el de un mero desahogo irracional por nuestra parte».

De manera que el psicólogo apuntaba, en la frevista ‘Ser Padres’, una docena de trucos para “enfadarse con provecho”:

  • Los hijos no son un “punching ball”, que es ese saco con que se entrenan los boxeadores. Si hemos tenido un mal día (si hemos regañado con el jefe o nos ha salpicado un taxi), el problema es nuestro. Ojo con desahogarse con los más pequeños.
  • Mejor regañar a tiempo. Nada de aguantar diez travesuras y a la once ponerse como un Herodes y hacerles pagar todas juntas con un enfado desproporcionado. Si debemos reprenderles, mejor hacerlo a tiempo y razonablemente.
  • Expresar sentimientos. Esto humaniza la regañina y les ayuda a comprender nuestros motivos. No somos una fría máquina de administrar disciplina. “Me duele que pegues a tu hermano”. “Mamá se enfadará si vuelves a hacerlo”.
  • Pero no chantajear, es decir, no pasarse con el consejo número tres. Nada de “Me vas a matar con ese ruido”, ni “mamá se pondrá malita si no eres bueno”, ni “me pondré muy triste si no te comes la sopa”.Reconocer sus sentimientos, consejo que redondea a los anteriores. “Sé que lo haces porque estás muy nervioso, pero…” “Sé que te cuesta un poco, pero…”.
  • No centrarse en reprender lo negativo. Describir claramente qué es lo que esperamos de él. Más eficaz que “eres un desordenado” resulta lo de “vete metiendo los juguetes en el cajón mientras te pongo la cena”.
  • Nunca descalificar globalmente. Podemos decir “no quites los cromos a tu hermano” o “tienes que fijarte en el bordillo”, pero nunca “eres malo”, “eres un patoso”, “un inútil” o “eres tonto”. Estas etiquetas, además de ser una grosería, no le dan pistas claras sobre lo que debe cambiar o mejorar, y lo que es más peligroso, se incorporan al concepto que el niño tiene de sí mismo, con lo que acabará portándose acorde con ellas.
  • Nunca decirle que “no le queremos”, o amenazarle con que no le vamos a querer. Nuestro amor es incondicional, está por encima de todo y proporciona a su personalidad la seguridad básica para asomarse al mundo. Aunque nosotros digamos estas cosas sin pensarlas realmente, él puede interpretarlas al pie de la letra. Tampoco “qué bién estaríamos sin hijos”, “vaya suerte la mía”…
  • No gritar continuamente y por todo, porque cuando de verdad queramos mostrar enfado, la costumbre de las regañinas contínuas las habrá hecho ineficaces. En realidad son los padres que no se alteran con facilidad los que imponen mejor su autoridad.
  • Prohibido comparar. Nada de “aprende de tu hermano”. Un niño siempre mostrará mejor disposición a cambiar si le estimulamos a superarse a sí mismo. Las comparaciones, en cambio, son odiosas, crean resentimientos y rara vez conducen a una mejora real.
  • Evitar frases como “porque lo digo yo”, “porque sí”, etc. Las fórmulas de cortesía, tan poco utilizadas con los niños (“por favor”, “gracias”, “eres muy amable”), tienen a veces con ellos resultados sorprendentes.
  • No regañar por hábito. Mejor que “o comes o no ves la vuelta ciclista” es “come y verás como te pones como Induráin”.

Por último, lLuciano Montero escribe que todo padre y toda madre se salta en ocasiones alguna o varias de estas normas, incluso conociéndolas. Cuando así sea, sepamos también regañarnos a nosotros mismos. Mirémonos con indulgencia y no pensemos que no tenemos remedio. Intentemos hacerlo mejor la próxima vez.

Porque las regañinas no deben ser el modo habitual de comunicación familiar. Alabar, sugerir, reconocer méritos, centrarse en lo positivo, expresar afecto, no sólo es más agradable, sino también más eficaz. El clima creado por un hábito de comunicación positiva puede evitar muchas broncas. También el humor bien dosificado (pero no la burla ni el sarcasmo) puede aliviar muchas tensiones.

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