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Explicarle a un niño el fallecimiento de un ser querido

Tras el fallecimiento de un ser querido, los padres se plantean siempre cuál es la mejor manera de contárselo a los niños, pues los adultos queremos evitar el sufrimiento de los más pequeños. Pero hay veces, como ésta, en que no es posible. Y como no existe una fórmula universal, lo mejor es contar a los niños la verdad –no mentirles–, hacerlo pronto –pues notan la tristeza de sus mayores–, de una manera sencilla –que puedan entender– y animándoles a que expresen sus emociones y dudas al respecto. 

Como bien sabemos, la forma de entender la muerte es algo subjetivo y personal –y un fenómeno frecuentemente asociado a creencias religiosas– por lo que cada padre y madre conceptualiza la muerte de manera distinta; y esto se transmite a los hijos. Por eso, cada familia debe buscar la forma más adecuada atendiendo a sus creencias sobre la muerte, y lo que hay después de ella, y teniendo en cuenta la capacidad de entender el fallecimiento de un ser querido del propio niño. No obstante, atendiendo a las características evolutivas de los niños de esta edad pueden establecerse algunos consejos que los padres pueden tener en cuenta para decidir cómo darles la triste noticia a los niños.

Como nos sucede a los adultos cuando nos plantean una situación nueva, los niños conceben la muerte de un ser querido en función de las habilidades cognitivas y emocionales propias de su edad. Por eso, los niños de 3 a 5-6 años van a entender la muerte como algo provisional, transitorio. Es decir, no van a comprender que es “para siempre”, y que por lo tanto que nunca volverán a ver a la persona fallecida. Además, a esa edad tienen un pensamiento y un desarrollo emocional egocéntrico, centrado en sí mismos, por lo que es común que se sientan culpables de lo que acontece a su alrededor, incluso de la muerte de un ser querido. Algo que resulta desconcertante, pero es absolutamente normal, es que algunos niños parecen mostrar que no les ha afectado la muerte de esa persona querida, e incluso actúan como si nada hubiese sucedido. No obstante, pueden sufrir regresiones; esto es, que dejen de hacer cosas que ya habían conseguido, tales como volver a hacerse pis en la cama, pedir el chupete que ya habían dejado, etcétera.

Cuando fallece un ser querido, es importante contar a los niños la verdad: que esa persona ha muerto, que ha dejado de vivir. Cada familia explicará el concepto de muerte en función de sus creencias, pero es importante que la explicación sea clara y sencilla, para que los niños puedan comprenderla. Es importante decir a los niños que la persona ha fallecido, que no volverá. Los niños de esta edad no entienden que la muerte es algo permanente, por lo que es importante explicárselo. Y además, la noticia debe darse pronto, puesto que los niños percibirán la tristeza de los adultos. Se debe esperar a que pasen los momentos de mayor impacto e intensidad en los adultos para poder explicárselo a los niños con cierta serenidad. Pero no se debe demorar demasiado porque los niños perciben desde el principio que algo sucede.

Los expertos coinciden en que es importante explicar a los niños de una forma sencilla de qué murió la persona (estaba muy enfermo, se había hecho mucho daño…) para evitar que los niños puedan sentirse culpables. Y debe tenerse en cuenta que a muchos niños les costará tiempo aceptar lo sucedido. De ahí la importancia de respetar el tiempo que necesiten los niños para asumir la pérdida. Es positivo animar a los niños a que expresen sus emociones y dudas al respecto. Debe escuchárseles, atendérseles, hacerles sentir arropados y comprendidos. Como en todos los ámbitos de su aprendizaje, los padres ejercen de modelo para los niños. Su forma de expresar los sentimientos asociados a la muerte del ser querido servirán como referencia a los niños. Aprenderán a expresarse en función de cómo se expresen sus adultos de referencia.

Para ayudar a los niños a superar estos momentos complicados, es muy importante que el adulto se ponga en el lugar del niño, que trate de entender sus sentimientos y de responder a sus necesidades. Esto implica que tal vez el niño necesite más atención por parte del adulto, pasar más tiempo juntos. Los adultos deben ser flexibles con el niño, adaptarse a los reclamos del pequeño proporcionándoles seguridad y confianza para superar la difícil situación. Si el niño tiene regresiones, deben aceptarse y permitirse, puesto que éstas responden a una necesidad emocional del niño.

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