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7-10 años: unos auténticos protestones

Se quejan y discuten todo; absolutamente todo. De repente, se ha vuelto unos auténticos protestones. «Lee bien, no se te escucha», le dice su madre a Alicia, una niña morena de nueve años. La cría se planta y le responde: «¿Qué quieres decir, que leo mal o que leo en voz baja?». Su madre le replica, sin perder la tranquilidad, que se refiere a que lee en un tono demasiado bajo. Pero la niña no se conforma con la respuesta y vuelve a la carga: «Entonces, si no leo mal, ¿por qué me pides que lea bien? Deberías decirme que lea en voz alta»… Hay niños a los que les encanta discutir, otros necesitan hacerlo sin saber bien qué les impulsa a ello. Pero en cualquier caso, los padres debemos tener en consideración que las discusiones infantiles son como la punta de un iceberg. 

¿Qué le pasa a Alicia? ¿Está enfadada con su madre? ¿Se perfila ya como una agresiva abogada laboralista? ¿Hay algún conflicto serio detrás de su obstinada polémica? Es bastante normal que a esta edad nos parezcan unos auténticos protestones. A unos les encanta llevarnos la contraria; otros lo hacen sin ser conscientes de ello. De hecho, varía de los 6-7 años de edad a los 10-11, y esas discusiones infantiles pueden tener los más diversos orígenes y obedecer a múltiples causas. Pero siempre hay que averiguar qué está pasando.

Un motivo para cada edad
La primera cuestión a tener en cuenta es la edad del niño. Si pedimos a un crío de siete años que apague la luz y él pregunta:«Pero, ¿es una lámpara o una luz?», podemos interpretar que el niño está intentando discriminar entre su mundo interno (las fantasías que pueblan su cabeza) y la realidad exterior, para aclarar una situación de confusión. Por otra parte, un pequeño de siete u ocho años que discute mucho con el padre puede estar intentando resolver una situación normal de rivalidad (de amor y enemistad), tratando de cotejar fuerzas y ver quién puede más. Es un momento importante en el que el niño tiene que aceptar que el papá es el que manda y pone orden en la casa. Lo mismo es válido para la niña con la mamá.

También es muy frecuente en los niños discutidores la necesidad de diferenciarse del discurso de los adultos. Aunque sus opiniones carezcan de fundamentos sólidos, lo que parecen decir es: «Yo soy yo». La función del enfrentamiento verbal es el ansia de autoafirmación. Existe, asimismo, una motivación más inconsciente en un pequeño que se enreda en discusiones interminables. De alguna manera está tratando de buscar las imperfecciones de la madre o el padre, de demostrar que son seres con grietas, que no lo saben todo.

A los diez años, los niños se encuentran ya en otro momento evolutivo. Discutiendo con los padres defienden su territorio, su nueva identidad. También hay casos –aunque menos frecuentes– en los que el chico se enfrenta en el colegio con una ideología diferente a la de su casa. Entonces, la discusión muchas veces  significa que se está debatiendo entre dos grupos de pertenencia.

Señales de alarma
Discutir está bien cuando el intercambio de opiniones es enriquecedor. Incluso, es válido si padres e hijos se acaloran y no llegan a un acuerdo. El problema aparece cuando la polémica es estéril, cuando no conduce a nada, se repite como un estereotipo y sin razón. Los padres tendrían que comprender que algo no funciona bien, que la discusión machacona es un síntoma de algún problema, una máscara. El niño está intentando decir algo que hay que descifrar. A veces, se trata de un problema puntual, como el nacimiento de un hermano, la muerte de alguien querido, un cambio de casa, el divorcio de los padres…) Pero otras, cuando nuestras respuestas a sus insistentes preguntas no le calman puede estar encubriendo algo más serio, un rasgo que anuncia una patología obsesiva en el niño.

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