Repasábamos la semana pasada qué podemos hacer –madres y padres– para mejorar, o al menos no empeorar la autoestima de los más pequeños. Y es que resulta fundamental que los padres acepten incondicionalmente a sus hijos, que tengan expectativas claras de sus capacidades y que se desenvuelva en un ambiente de respeto y valoración, para que un/a niño/a pueda desarrollar una sana autoestima
Continuamos con la lista de errores frecuentes que cometemos involuntariamente madres y padres, y que menoscaban la valoración personal, la autoestima de nuestros hijos son:
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Incomprensión hacia sus capacidades y sus comportamientos…
Mariola es una niña con mucha energía, que le gusta saltar, correr, trepar hasta arriba de lo que encuentra y moverse permanentemente. Sus padres sienten que ese comportamiento es intolerable y están siempre corrigiéndola y mostrándole que se equivoca, que por moverse tanto rompió ela figurita, derramó la maceta de la planta o empujó a su abuela.
En su lugar…
Es bueno mostrar a la niña que se comprende lo difícil que puede ser el desafío, en este caso, de estar más tranquila en algunos momentos. Junto con ello hay que confiar en las capacidades de la niña, mostrarle que sus padres saben que va a aprender a calmarse en las situaciones que lo ameritan. Disminuir la crítica, centrándose en la acción y no en el niño. Por ejemplo, es mejor decir «Ahora es el momento de estar sentada tranquila para comer», en vez de «¡Mira que eres traviesa, ya rompiste el plato!».
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Inadecuadas comparaciones casi constantes…
Los papás de Manuel están constantemente diciéndole «Viste lo bien que se porta tu hermano». «¿Por qué eres más como tu primo?». «Te apuesto que tu amigo se sacó mejor nota que tú». Las comparaciones constantes hacen que ella desarrolle sentimientos de inferioridad.
En su lugar…
Poner el foco en el proceso del propio niño e ir haciéndonos conscientes de sus propios avances y logros, independiente de lo que sean capaces de realizar los niños que la rodean. Debemos comprender que cada niño tiene su propio ritmo y su propio perfil de habilidades y competencias, por lo que compararlo con otros no le ayuda en absoluto.
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Dedicarnos a etiquetar a los niños…
A Patricia siempre le dicen que es una liante, porque siempre le quita los juguetes a sus hermanas o las agrede. Cualquier llanto de las más pequeñas de la casa es de inmediato interpretado como consecuencia de una agresión de Patri, por lo que se lleva buenas regañinas antes incluso de ser preguntada sobre lo sucedido. Al final, la niña siente que todos esperan que sea traviesa y “pegona”, por lo que termina comportándose de ese modo, ya que lo asumió así.
En su lugar…
En vez de decirle “eres pesada”, decirle, “no puedes quitarle los juguetes a tus hermanas, deber esperar tu turno”. Así el énfasis se pone en la acción a corregir y no en la debilidad de la persona. Decirles que “son” cierta cosa (peleadores, flojos, mentirosos, llorones) sólo los hace afianzarse en ese rol. Por ello es fundamental poner el acento en el cambio esperado y felicitar cualquier pequeño avance en esa dirección.
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Hacer por ellos las cosas que deberían hacer solos…
Roberto se acerca a su mamá con una duda respecto a cómo hacer un ejercicio de su tarea de matemáticas. Su mamá toma el cuaderno, le explica a la rápida y luego empieza a resolver el ejercicio ella misma, para continuar con los demás. Si Rober recuerda a última hora que olvidó hacer su tarea, ella se la hace. Al final, el niño siente que no es capaz de hacer las cosas por sí mismo y siempre espera que alguien las haga por él, desentendiéndose de su responsabilidad en ello. Irónicamente, su mamá se queja de que el niño es demasiado dependiente, irresponsable y flojo, sin ver que ella está causando la situación.
En su lugar…
Los padres deben entender que su tarea es acompañar y ayudar al niño en su desarrollo, no reemplazarlo o hacerlo por él. Pueden recomendarle soluciones, pero deben dejarlo intentarlas por su cuenta y equivocarse, por doloroso que sea verlo. La mamá de Roberto debió resolver su duda en la tarea de matemáticas, pero dejarlo aplicarla a él. Si Rober olvidó hacer su tarea, debe dejarlo enfrentar las consecuencias. A medida que crece, debe ir cediendo espacios de independencia cada vez mayores.
En definitiva, aunque los padres amamos profundamente a nuestros hijos y queremos que crezcan y se desarrollen plenos y felices, sin embargo, muchas veces tenemos conductas o actitudes dentro de nuestra vida cotidiana que sin querer ni darnos cuenta, van dañando la autoestima del niño. Es uno de los componentes de la vida afectiva que tienen mayor incidencia en la calidad de vida de las personas y en su salud. Lee más pinchando aquí.
