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Pistas para ayudarles ante la llegada de un hermano

Nunca es fácil para una niña o un niño –acostumbrada/o a ser hija/o única/o, dueña/o en exclusiva del amor materno y paterno– aceptar la llegada de un hermano: un nuevo miembro en la familia que, al principio, piensa que la/le desplazará sin remedio a un segundo plano. Pero existe una receta infalible: el mejor calmante para los celos es, sin duda, demostrarles que nuestro amor es y será incondicional.

Es inevitable, y lleva sucediendo desde que el mundo es mundo: por mucho que les hayamos informado con toda claridad sobre la llegada de un hermanito, respondido a todas sus preguntas, intentado integrarles en los preparativos y tomado todas las precauciones posibles para que no se sintiesen desplazados. En cuando “el nuevo” haga su entrada triunfal en el hogar, lo normal es que nuestra/o primogénita/o estalle sin remedio en una tormenta de celos.

Y es que compartir el cariño de mamá y papá no le haces ninguna gracia; se sienten inquietos, heridos y hasta furiosos. Hasta ahora eran los reyes de la casa, el centro de atenciones y mimos. Ahora, en el puzzle familiar hay una nueva pieza y hay que proceder a una recolocación para continuar viviendo juntos. Este reajuste es complicado,  pues supone inevitablemente un desplazamiento. Y el proceso constituye un trance doloroso y difícil que nuestra/o hija/o tendrá que atravesar. Y para ello, necesitará toda nuestra ayuda.

Para aliviar los celos del niño hacia el bebé, hay que comprender las diversas manifestaciones de este sentimiento. Hay pequeños que expresan su agresividad hacia el hermano abiertamente, sin reparos. Otras veces, el odio no se descarga en el bebé sino que estalla, por ejemplo, en la guardería. El pequeño celoso empieza a pegar a los demás niños, les quita sus juguetes, tiene fuertes rabietas… También puede ocurrir que la agresividad del niño se vuelva contra la madre –a sus ojos, la culpable de esta injusta situación– y se porte mal con ella o prefiera estar sólo con el padre. Puede optar asimismo por comportarse como un bebé (al fin y al cabo, parece que así le hacen más caso a uno). Este es un síntoma bastante frecuente: el niño se chupa el dedo, habla de una forma más infantil, lloriquea y se aferra a nosotros.

Enfrentarse al drama
Lo principal es entender que está pasando por una crisis. Tenemos que hacer, por tanto, todo lo posible para no echar más leña al fuego. En primer lugar, es fundamental demostrarle que nos da mucha alegría estar juntos otra vez y que le seguimos queriendo como siempre. Es decir, que tenemos bastante amor como para repartir entre los dos hijos.

Hay que escucharle con una dosis extra de atención cuando desee contarnos lo que ha hecho en la escuela infantil o enseñarnos todas las cosas nuevas que aprendió. Al principio, será muy difícil seguir realizando con él las cosas tal y como las hacíamos antes. Pero es importante que nos tomemos tiempo para explicarle el porqué de la negativa  a su demanda o de la demora en atender a sus pedidos. Por ejemplo:«Ahora tengo que cambiarle los pañales al bebé porque está sucio y se siente molesto. Cuando acabe y se duerma, jugaremos juntos un rato largo».

Resulta muy buena idea el hacer hincapié en las ventajas de ser mayor. Podemos pedirle que nos ayude a cuidar al recién nacido, que nos alcance la toalla o la leche para preparar el biberón.  Incluso podemos “consultarle” sobre alguna cosa relacionada con el recién nacido como, por ejemplo: «¿Crees que llora porque le duele algo o porque tiene sueño?». Y cuando nos ayude, darle las gracias efusivamente y elogiarle, expresándole lo útil que nos resulta su colaboración y lo orgullosos que nos sentimos de él.

Tenemos que ser muy prudentes a la hora de prodigar nuestro afecto hacia el bebé cuando el otro está en crisis. Si una noche nos llevamos al chiquitín a nuestra cama y el mayor también quiere unirse al grupo, habrá que hacerle sitio. O los dos o ninguno. No podemos dejar que el hijo celoso imagine que su lugar en el corazón de los padres ha sido totalmente ocupado por el hermanito. Se sentiría profundamente herido y su reacción sería de hostilidad hacia el invasor que ha trastocado toda su estabilidad emocional.

Publicado en Conducta infantil.

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