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7-10 años: unos auténticos protestones

Se quejan y discuten todo; absolutamente todo. De repente, se ha vuelto unos auténticos protestones. «Lee bien, no se te escucha», le dice su madre a Alicia, una niña morena de nueve años. La cría se planta y le responde: «¿Qué quieres decir, que leo mal o que leo en voz baja?». Su madre le replica, sin perder la tranquilidad, que se refiere a que lee en un tono demasiado bajo. Pero la niña no se conforma con la respuesta y vuelve a la carga: «Entonces, si no leo mal, ¿por qué me pides que lea bien? Deberías decirme que lea en voz alta»… Hay niños a los que les encanta discutir, otros necesitan hacerlo sin saber bien qué les impulsa a ello. Pero en cualquier caso, los padres debemos tener en consideración que las discusiones infantiles son como la punta de un iceberg. 
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A empujones, como buenos hermanos

«El amor entre un hombre y una mujer crece y mengua como la Luna; pero el amor de un hermano por su hermano es constante como las estrellas y eterno como la palabra del Profeta», reza un antiguo proverbio árabe. Juegan, se divierten juntos, parece que son absolutamente felices… y de repente, estalla la pelea. Una situación absolutamente normal –eso sí, muy escandalosa e incluso a veces desquician para el resto de los miembros de la familia– en la que, como padres, debemos saber cuándo y de qué manera intervenir.
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5-6 años: aún no son capaces de leer el reloj

A vueltas con el tiempo. Nuestro pequeño acaba de cumplir los seis años, y a sus abuelos les habrá faltado tiempo para regalarle un reloj. Él estará encantado, y lo llevara puesto con mucho orgullo. Al principio, nos preguntará constantemente la hora, pero al mismo tiempo es natural que quiera aprender a leer el reloj él solito. ¿Cuál es la mejor manera de enseñarle? De momento, basten algunas nociones básicas: aquellas horas del día que los niños puedan relacionar con determinadas actividades.
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Preguntas embarazosas: con lo guapos que están calladitos… a veces

¿Qué podemos hacer cuando nuestro hijo dice algo que nos hace querer desaparecer, mientras la escena a nuestro alrededor se congela de inmediato? Por lo que parece, los niños tienen una misteriosa habilidad para decir o hacer las cosas más embarazosas, especialmente en público. Tienen muchas –y a cual más deliciosa– cualidades, pero desde luego la diplomacia no es precisamente una de ellas. Muchos padres desearían que hipotéticamente les tragase la tierra cuando su hijo le dice a uno de sus amigos que sus orejas son tan grandes como las de un elefante, o si critica el famoso pastel de pescado de su suegra.

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