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Preguntas embarazosas: con lo guapos que están calladitos… a veces

¿Qué podemos hacer cuando nuestro hijo dice algo que nos hace querer desaparecer, mientras la escena a nuestro alrededor se congela de inmediato? Por lo que parece, los niños tienen una misteriosa habilidad para decir o hacer las cosas más embarazosas, especialmente en público. Tienen muchas –y a cual más deliciosa– cualidades, pero desde luego la diplomacia no es precisamente una de ellas. Muchos padres desearían que hipotéticamente les tragase la tierra cuando su hijo le dice a uno de sus amigos que sus orejas son tan grandes como las de un elefante, o si critica el famoso pastel de pescado de su suegra.

Pero si pueden dejar a un lado su sentimiento de vergüenza por un momento serán capaces de reflexionar claramente lo suficiente para manejar este tipo de situaciones con aplomo. Las preguntas embarazosas sólo provienen del deseo de los niños de comprender la realidad. «¡Mira que señora más gorda!», dijo Luis, de cuatro años, cuando vio pasar cerca de su mesa, en el restaurante, a una mujer en avanzado estado de embarazo. Su madre, con un tenue tono de voz que trataba de que él imitase, le explicó «Es que lleva un bebé en su tripita». No contento con la respuesta, y tratando de no dejar escapar la oportunidad, Luis persistió. «¿Y cómo consiguió el bebé meterse ahí dentro?». Esta vez, su tono de voz superó con creces el murmullo habitual en un local público, de forma que de repente todos los ojos estaban fijos en su madre: «¿Es que el papi puso su cosita dentro de ella?».

Los niños son muy honestos. Su gran sentido de la observación –lógico en alguien para el cual todo es nuevo e inexplicable– les lleva a comentar en voz alta todo aquello que les resulta extraño o diferente. A menudo hacen preguntas que nos parecen embarazosas simplemente porque es su manera de intentar dar sentido a las cosas. A Luis, por ejemplo, difícilmente podría culpabilizarse por descubrir una enorme barriga que se movía justo a la altura de sus ojos. Incluso su deseo de propagar a los cuatro vientos su reciente conocimiento de cómo se conciben los niños es fácilmente comprensible. Seguramente, él y su madre habrían estado leyendo un libro sobre el tema en casa y ella habría excitado su curiosidad. Es sólo que el momento –y no digamos el volumen de voz– de su pregunta la puso en una situación un tanto violenta.

Eso es porque, para bien o para mal, los padres a menudo ven los comentarios y la conducta de sus hijos como un reflejo de cómo lo están haciendo. No importa lo seguros que se sientan: si el niño les concede el “oscar” a la mejor rendición ante un hijo enfurruñado porque no quieren comprarle golosinas en el supermercado, no pueden dejar de imaginar lo que los otros padres estarán pensando al respecto: «Es obvio que no pueden controlar a su hijo». De hecho, tienen razón. Verdaderamente, no pueden controlar lo que el niño dice o hace. Lo que sí pueden hacer es influir en su comportamiento ofreciéndole una orientación, dándole un buen ejemplo y expresando su aprobación o desaprobación; pero no pueden evitar que a esta edad exprese su disgusto ante el puré de patata de la abuela. Es más, si le fuerzan a pedir perdón por hacerlo, el soniquete de esa disculpa hará que nunca suene sincera.

Encontrar soluciones

Reconocer que hay ciertas cosas sobre el niño que no se pueden controlar es un sabio primer paso para sobrevivir a cualquier situación embarazosa: cómo se comporta en público no es determinante para valorarle. El niño se comporta simplemente como lo que es: un niño. Tratad de ignorar por un momento a toda esa gente que os rodea. Recordaos a vosotros mismos que es una de esas historias que luego os divertirá contar a los amigos. No tratéis de salir con una respuesta perfecta que despierte la admiración de toda la audiencia. En su lugar, hablad con calma al niño y decidle que discutiréis más tarde en privado.

La madre de Luis empleó este sistema para manejar la situación del bebé en la tripita de su mamá. «Bueno», dijo con calma, «Esa es una pregunta interesante. Pero no estoy preparada en estos momentos para darte una respuesta adecuada. Lo hablaremos cuando lleguemos a casa». Puedes añadir algo como «cuando te des cuenta de algo relacionado con el aspecto de una persona es mejor que me lo susurres al oído».

A veces los niños dicen cosas que son embarazosas y francamente groseras, a pesar de que ellos no se den cuenta. Mercedes deseó desaparecer cuando su hija Marta le dijo a su abuela que el puré de patatas tenía sabor a podrido. En este tipo de situaciones podéis ofrecerle a vuestro hijo una alternativa para actuar respecto al puré de patata de la abuela: «Marta, puedes dejar el puré a un lado del plato, pero no tienes porqué hacerle comentarios al respecto a la abuela». Y aunque el niño no vea clara la necesidad de contemporizar –porque no sabe qué es lo que ha hecho mal–, vosotros podéis hacerlo diciendo algo como «Lo siento, mamá. Marta no suele comer puré de patatas». A continuación haz lo posible por olvidar el incidente. Si vuestro hijo llama a uno de vuestros amigos «orejas de elefante», enmendad el entuerto y dejadlo estar. Si hacéis una montaña del ingenuo comentario que os ha abochornado, el niño puede reaccionar comportándose aún peor.

Publicado en Conducta infantil.

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