5-6 años: De repente se vuelven pudorosos (2 de 2)

Explicábamos la semana pasada cómo, de repente, a partir de los 5 ó 6 años, nuestras/os hijas/os se vuelven pudorosas/os. Y enúmerábamos los motivos y las causas de que, de forma inopinada, les da vergüenza que sus madres y padres les veamos desnudos. Los psiquiatras infantiles aseguran que no hay de qué preocuparse, puesto que tarde o temprano todos los niños pasan por esta fase: se vuelven pudorosos; algunos incluso en una edad muy temprana. Veamos pués cómo reaccionar ante esta nueva etapa de su desarrollo.


Hay madres y padres que no tienen prejuicios en este aspecto; progenitores que se meten en al bañera junto con sus hijas/os, que no se encierran al vestirse o van a playas naturistas con ellas/os. Sin embargo, en un momento dado el sentido del pudor se despierta también en estos niños tan acostumbrados a la desnudez y sienten vergüenza, cosa que a sus padres les resulta difícil de entender.

Los niños no solo aprenden de sus padres, sino también de otras personas de su entorno. Puede que tengan un amiga o una amigo que, por ejemplo, que no se atreve a cambiarse delante de los compañeros en la clase de gimnasia. Todo esto influye a la hora de “confeccionarse” ellos su código del pudor. «Quieren saber cuando pueden estar desnudos y cuando no», nos explica el psicólogo Salvador Idiazábal. «Y puede ocurrir que las normas de los hijos sean más severas que las de sus padres. La razón es bien sencilla: primero tienen que entender lo que podríamos llamar «las reglas básicas» antes de poder aceptar que toda regla tiene sus excepciones.» Así que puede que su regla muy particular rece: «Estar desnudo delante de otros es tabú.»

Lo que es tabú

Hay padres que confunden pudor e inhibición. Otros inculcan el pudor a sus hijos con el único fin de que les sirva, digamos, de barrera. Si van más allá, ya está mal visto. Estos padres no se dan cuenta de que el sentido del pudor tiene una función muy específica en el desarrollo del niño. Por el pudor demarcan su área de intimidad. Pues el pudor implica casi siempre una retirada, una búsqueda de protección. Estando desnudo uno es más vulnerable.

La primera regla básica que los padres deben aprender es que tienen que aceptar y respetar los límites demarcados por sus hijos. Deben comprender que sus hijos tienen derecho a su intimidad a todos los niveles. Los niños a su vez deben respetar la de sus padres.

Si los padres se atienen a las reglas establecidas, los niños se darán cuenta de que los únicos que pueden “disponer” de su cuerpo, son ellos mismos. No cualquiera puede venir a mirarlos o incluso tocarlos. Por cierto, es una buena actitud y hasta una medida preventiva contra posibles abusos sexuales. Puede que este repentino pudor les coja de sorpresa a los padres. Si es algo que les llega a preocupar, entonces deben hablar con sus hijos sobre ello pero sin hacer quese sientan mal por ello o incluso culpables. Los niños no deben avergonzarse por haberse vuelto tan pudorosos. Lo importante para los padres es saber a que atenerse, conocer las reglas. ¿Quién puede ayudarles a vestirse? ¿A quién permiten entrar en el cuarto de baño cuando están ellos?

No sin su consentimiento

También ante la desnudez de los padres pueden sentirse incómodos. Los niños pueden sentirse avergonzados no sólo por su propia desnudez, sino también por la desnudez de sus padres. «Puede que de repente se sientan incómodos viendo a sus padres desnudos. Los padres lo deberían respetar,» comenta un experto sexólogo. Si nuestros hijos no nos quieren ver desnudos, hay que evitarlo en lo posible. Por principio sin embargo es importante para el desarrollo positivo del niño tratar la desnudez dentro del entorno familiar con la mayor naturalidad posible y sin tapujos. «Al darse cuenta de que sus padres aceptan los «límites» demarcados por sus hijos en cuanto al pudor y al poder decidir libremente sobre su cuerpo, la autoestima de los niños irá desarrollándose de una manera equilibrada y sana, lo cual contribuye decisivamente a un comportamiento sexual satisfactorio cuando sean adultos».

Un sentido excesivo del pudor puede repercutir negativamente en nuestra vida sexual de adultos. Puede convertirse incluso en enfermizo, si se debe al miedo de ser castigado. «Sobre todo a los niños de entre uno y dos años, pero también los más mayores, les encanta exhibir su cuerpo. Es algo muy natural para ellos. Si los padres se lo prohiben o incluso los castigan por ello, lo que puede ocurrir es que los niños respeten los límites demarcados por los padres sólo por miedo a ser castigados; y también puede que la buena relación con su cuerpo quede trastornada para el resto de su vida», comenta Idiazábal.

Un pudor sano

Si el pudor es producto del miedo, puede ser que el niño o la niña hayan sido objetos de toqueteos o abusos sexuales. En estos casos suele haber también otros síntomas. Duermen mal y tienen pesadillas, se vuelven insociables prefiriendo estar solos. Pero también pueden producirse otros trastornos en su comportamiento.
Un pudor sano, con el tiempo, puede ir a menos o en ciertas circunstancias incluso desaparecer del todo. Aunque más adelante, en la pubertad, el sentido del pudor vuelve a recobrar fuerza, una fuerza muchísima mayor que ahora.

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